//‘Silencio a gritos’

‘Silencio a gritos’

“Resido en mi cuerpo
como en un hotel lleno de fantasmas”

Carlos Vallejo

 

Me levanto a las seis de la mañana cuando el cielo aún está gris. Me incorporo en la cama, que me abraza con cobijas pesadas y cierro los ojos, apoyado en la cabecera de metal que cruje perezosa. Una corriente de aire frío deambula por la vieja casa de cuartos alquilados, por las celosías y bajo las puertas. Al otro lado de la pared, una radio gime canciones tristes haciéndole coro a un hombre que desafina. Siento sus talones golpear el entablado de un lado a otro, las puertas del armario estrellarse y la vibración grave y lenta de la pared. Oigo que se baña largamente. Todos los días, todas las semanas, todos los meses. Siempre a las seis de la mañana.

Estoy refundido hasta la cabeza entre las sábanas, con los ojos entreabiertos. Lo escucho con resignación porque soy incapaz de llamar a su puerta y pedirle que baje el volumen de su radio, temeroso de lo que pueda decirme o hacerme, y presumo que lo mismo deben pensar los otros vecinos porque jamás se ha sabido de un reclamo. Aunque compartimos la pared, nunca nos hemos visto y si bien al principio tenía curiosidad por conocerlo, ahora prefiero conservar junto a su voz la imagen que me he construido de él después de un año.

En esta casa nadie se detiene en los pasillos, no existen amistades, será quizá por aquel letrerito amarillento de la entrada que ordena ¡silencio!; todos nos limitamos a espiar por las mirillas o entre las cortinas, anónimos, y solo dentro de los cuartos se escucha un carraspeo, el agua que corre por alguna tubería o un estornudo. A veces una carcajada… o un grito. Puertas que se cierran, resortes de una cama que chillan o el crujir de una taza contra un plato son las únicas evidencias de los habitantes de la casa. Quiero pensar que vivimos expectantes, sorprendidos por los arrebatos aislados de alguno que enciende la televisión a media noche o hace rebotar una olla sobre las baldosas. Siempre ha sido así y al parecer nadie quiere cambiarlo. Es probable que jamás se hayan preguntado quién duerme en la pieza de junto a ellos, que ignoren mi existencia como yo la suya, a la espera de que el menor ruido sirva de consuelo.

Mi vecino es diferente, parece no importarle en lo absoluto la regla inflexible que rige en la casa y me despierta en las mañanas con esa estridencia que mantiene, durante media hora, hasta que se va y entonces, solo entonces, la casa se sume en su mutismo cotidiano.

Reniego de mi suerte y me dejo caer sobre la almohada, ahogo un grito que termina por convertirse en bostezo. Lo detesto tanto que quisiera verlo morir con un golpe definitivo. Escucho su voz agria e imagino sus ademanes torpes en la ducha, sus movimientos de marioneta, con ese miedo pertinaz a resbalar. Debe tener unos cuarenta años, de pelos lacios asentados a la fuerza, ahora cayendo con chorros de agua sobre su rostro, deslizándose por sus hombros pecosos y sus caderas de nalgas flácidas hasta el sifón burbujeante de espuma. La nariz puntiaguda, la boca carnosa y café, los ojos verdes, inundados de cejas largas, las mejillas salpicadas de barbas canas. A los pocos minutos, el estrépito del agua se detiene. Por fin. Recorre la cortina plástica tiritando y alcanza una toalla floreada que lleva años secando su cuerpo. Se afeita con movimientos repetitivos, unta colonia en sus mejillas y se rasca, gesticulando por el escozor; mientras se peina, piensa que necesita un corte de pelo. Se viste, todavía húmedo, con el terno verde oliva de todos los días, decorado con insignias y botones dorados. Cierra la puerta del baño y enciende una hornilla de la cocina, silba la misma canción. Suelta un huevo sobre la sartén humeante y corta una rebanada de pan. Desayuna a grandes bocados a la vez que camina alrededor de la mesa, asentando sus tacones marciales en la baldosa amarilla. Se enjuaga la boca, escupe, se suena la nariz, tose dos veces. Los pasos se alejan hasta perderse en una puerta que se cierra con un golpe ronco.

Yo espero en mi habitación, callado. El silencio envuelve el ambiente a las seis y treinta de la mañana. Aún es temprano. No tengo intención de seguir durmiendo, no podría hacerlo. Pienso que soy un testigo anónimo de la rutina de alguien que desconozco y que, con su bulla, me obliga a recordar que existe, como si enviara mensajes cifrados, señales de auxilio para que alguien, en algún lugar de esta lúgubre casa de piezas arrendadas, sepa que si una mañana la música no llegara a sonar, sin duda algo le habrá sucedido y lo lamente o hasta lo extrañe…

Entonces enciendo la radio, alzo el volumen y me pongo a cantar con todas mis fuerzas, a la espera de que alguien, en la otra pared de mi habitación, se despierte maldiciendo, imaginando.

 

La Franciscana, 2004
Publicado en el libro Pecados de origen (2009)
2018-05-02T23:10:56+00:00